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miércoles, 30 de enero de 2019

miércoles, 16 de enero de 2019

Miércoles, 16 de enero de 2019

Ayer a la noche, súper tarde, me di cuenta que no había escrito ninguna entrada en todo el día. Ni una palabra. Es real que estuve cagando aceite todo el día, pero me surge la pregunta de si habrá sido porque me sentí relativamente mejor que los días anteriores y que por eso no necesité vomitar nada. Se me ocurre también que tal vez ayer me sentí mejor que los días previos como resultado de haber ido el lunes al gimnasio. Recurrir a una descarga más física que mental, como es escribir, me vino genial, pero me recuerda muchísimo a mi falta de vínculo con mi propio cuerpo. No me reconozco a ningún nivel frente al espejo del gimnasio, y no es (solo) una cuestión de kilos.
¿Hay algún ámbito de la vida que no me lleve a sobre analizar todo?

lunes, 14 de enero de 2019

Lunes, 14 de enero de 2019


Hoy empiezo el gimnasio y le tengo mucha fe. Por supuesto que tengo una historia infinita de anotarme y no ir, de anotarme y abandonar a la segunda clase, de inventar mil excusas. Pero lo que lo hace diferente es mi conciencia actual sobre la ansiedad. Tengo la certeza de que, entre otras cosas, se genera porque soy una pelota de energía que no va a ningún lado y es muy necesario empezar a transformarla. Necesito que desaparezca la sensación permanente de que todo va a explotar, de que yo voy a explotar, que me hace temblar las manos como nada. A veces es tan fuerte que siento que podría ser una Atucha de aquellas. Podría ser el arc reactor que tiene Tony Stark en el pecho y aún así me sobraría energía. Una pesadilla.

viernes, 11 de enero de 2019

Viernes, 11 de enero de 2019



Creo que hoy no tengo nada que decir. Sólo que me siento mucho mejor con respecto a cómo empecé la semana. Así que me dedicaré a escuchar música, cerrar los ojos y relajar. Basta de hablar. Que se calle el cerebro. Habla demasiado y todo el tiempo. ¡Que te calles, te dije!

jueves, 10 de enero de 2019

Jueves, 10 de enero de 2019


Cuando me hice la revolución solar de 2018, me la pasé diciendo que nunca cumplo lo que quiero, que no logro nada, que eso me angustia.
¿La astróloga entonces (capa ella, también psicóloga) me pregunta “bueno, pero vos qué querés?”.
Adivinen si tengo la respuesta a esa pregunta, la concha de la lora.

miércoles, 9 de enero de 2019

Miércoles, 9 de enero de 2019


Tengo ganas de hacer muchísimas cosas, planear el año, pero la realidad es que no sé qué verga hacer. Oscilo entre retomar astrología y estudiar derecho. Pienso en volver a hacer teatro, locución, retomar canto, pero también en que me vendría genial estudiar RRHH para posicionarme de otra forma en la empresa donde trabajo.
A esto hay que sumarle que cada cosa que arranco la dejo. Antes o después, sooner or later, abandono todo. Entonces, siempre sufro. Sufro cuando quiero organizarme, pero no sé qué hacer, sufro cuando me decido porque ya arranca la desconfianza sobre mi nivel de compromiso, y sufro cuando pasa el tiempo y sigo parada en el mismo lugar.
Tengo 36 años y siento que acá no pasa nada. Que no logré nada relevante o esencial para la vida de alguien y eso me angustia. Tengo claro que durante muchos años tuve que luchar contra la depresión, con una separación dolorosísima con quién creí que sería el amor de mi vida, con el suicidio de mi vieja, con problemas de plata y deudas. También sé que recuperarme de cada una de esas situaciones me llevó mucho tiempo, esfuerzo y lágrimas entonces no es que estuve al pedo en la vida. Pero igual me duele mucho sentir que no evolucioné en términos más concretos. No formé una familia, no ejercí mi carrera, no seguí estudiando, no me compré mi casa ni estoy cerca de poder hacerlo (MMLPQTP).
Es muy difícil desear cuando no sabes ni quién sos debajo de todas las máscaras que te ponés. Es muy difícil desear.

martes, 8 de enero de 2019

Martes 08 de enero de 2019

Hoy, llegando a la oficina, tuve otra revelación, epifanía, idea, como le quieran decir.
NECESITO UN PLAN. Un plan para sobrevivir a la ansiedad diaria. Esta idea me resulta reconfortante, lo admito, por un lado, porque me da la sensación de que estoy dispuesta a hacer un esfuerzo consciente por tratar de que la vida no me lleve puesta. Pero por otro, creo que es porque soy una obsesiva del control que no puede vivir sin sentir que se queda sin aire.
Ahora bien, las mismas ideas que sirven como posible ayuda a mi futuro, me generan ansiedad. Me hacen pensar en todas y cada una de las cosas que voy a tener que hacer, qué pasa si no cumplo, qué pasa si surge un imprevisto y me saca de mi planificación.
Si hay algo que no soy es flexible así que cualquier cosa que me corra de mi eje (ficticio, claro está – ya volveremos sobre este tema si no cuelgo -) me descontrola la cabeza. ¿Y qué significa ese descontrol? Sentir que tengo un ladrillo en la boca del estómago, transpirar, querer gritar y encerrarme a llorar. Además, cuando me siento así fuera de casa (en la oficina, estudiando, en el transporte público, de compras, en la sala de espera de algún médico), me desespero por llegar. Me ha pasado de angustiarme al extremo en la calle, pero no poder llorar aun sintiendo el ahogo horrendo del llanto y tener que correr para entrar al depto porque sabía que sólo así iba a poder descargar. ¿Y a qué me lleva esto? De nuevo a las máscaras. A mis máscaras. A las que me tengo que poner cada día para sentir que funciono y que soy algo que se acerca a lo “normal”. ¿Qué carajo será “lo normal”, que nos preocupa tanto? ¿Y si lo normal, lo pacífico, no existe? ¿Y si al final todos tenemos los mismos miedos y dedicamos nuestra vida entera a tratar de pertenecer a algo que ni siquiera existe? Siempre digo que, si tengo que llorar, prefiero llorar en un Audi y no en un bondi. ¿Pero y si resulta que los que manejan un Audi están más jodidos que yo y darían lo que sea por dejar de sufrir? ¿Y si este ahogo es masivo porque el mundo está tan desquiciado que es insoportable para todos? Ya arranqué con las preguntas infinitas. Qué mina pesada, por favor.


lunes, 7 de enero de 2019

Lunes 07 de enero de 2019


Leyendo recién las primeras páginas de “First we make the beast beautiful” de Sarah Wilson, un libro sobre ansiedad, en el 63 en camino al trabajo, a la altura de Lacroze y Álvarez Thomas, se me vino una idea a la cabeza que sentí como un game changer. Tal vez ya se hayan dado cuenta de esto y lo hayan pensado mil veces así que tampoco esperen la novena revelación. Me di cuenta que la ansiedad y el ataque de pánico son síntomas tardíos de haberla pasado como el culo y no haber llorado a tiempo. Son gritos que te quedaron atragantados y que vuelven en forma de fichas. Recargadísimas.
Nací en una familia muy humilde, vivimos hasta mis ocho meses en una pensión en Capital y después nos mudamos a una casa en Glew, al sur de la Provincia de Buenos Aires. Mi papá trabajaba de cadete y mi mamá limpiando casas. La familia siempre fue grande en número, pero estaba achicada por la distancia geográfica o sentimental, así que siempre terminábamos siendo sólo nosotros tres. Y como no había nadie que me cuidara, a los cinco años me tuve que empezar a quedar sola para que mis viejos puedan salir a trabajar.
Durante años, cada vez que pensaba en mí en aquel momento, sentía que jamás había tenido miedo, y hasta hablaba sobre esa soledad forzada riéndome, diciendo “me hacía cero drama, desayunaba, miraba dibujitos, jugaba con la perra”.
Ahora sé que en realidad estaba aterrada. Quería llorar y llamar a mi mamá a los gritos, quería estar acompañada y me dolía estar sola, me sentía abandonada. Entendía las razones, o creía entenderlas, pero no soportaba la certeza corporal de que estaba sola.
Mi vida con la luna en Capricornio me dolió siempre. Incluso más allá de lo que recuerdo.
En este momento en Argentina están sucediendo cambios sociales y culturales gracias al movimiento feminista que me provocaron una urgencia por revisitar ciertos temas del pasado. Con 36 años, estoy mirando a la cara por primera vez a fantasmas de abuso de los que ni me acordé durante siglos. Algunos que ni siquiera logro recordar claramente. Esto también me genera ansiedad. Me genera una presión espantosa en el pecho, ganas de salir corriendo a no sé dónde, de escaparme no sé de qué, me hace picar los antebrazos y me dan ganas de arrancarme la piel hasta las manos. Volví a pelearme con mis horas de sueño.  Ya ni sé cuántas máscaras me tengo que poner por día para ser funcional pero hay que pagar el alquiler.
Habiendo pasado por momentos de mierda, horribles, de mucho dolor y tristeza, medicada hasta la nuca, tengo el presentimiento de que lo que tengo por delante es muchísimo trabajo. Y sé que no va a ser precisamente sencillo aprender a lidiar con la ansiedad de una forma menos dolorosa. Al menos estoy escribiendo esto. Y hacía meses que no escribía…