Leyendo recién
las primeras páginas de “First we make the beast beautiful” de Sarah Wilson, un
libro sobre ansiedad, en el 63 en camino al trabajo, a la altura de Lacroze y Álvarez
Thomas, se me vino una idea a la cabeza que sentí como un game changer. Tal vez
ya se hayan dado cuenta de esto y lo hayan pensado mil veces así que tampoco
esperen la novena revelación. Me di cuenta que la ansiedad y el ataque de
pánico son síntomas tardíos de haberla pasado como el culo y no haber llorado a
tiempo. Son gritos que te quedaron atragantados y que vuelven en forma de
fichas. Recargadísimas.
Nací en una
familia muy humilde, vivimos hasta mis ocho meses en una pensión en Capital y
después nos mudamos a una casa en Glew, al sur de la Provincia de Buenos Aires.
Mi papá trabajaba de cadete y mi mamá limpiando casas. La familia siempre fue grande
en número, pero estaba achicada por la distancia geográfica o sentimental, así
que siempre terminábamos siendo sólo nosotros tres. Y como no había nadie que
me cuidara, a los cinco años me tuve que empezar a quedar sola para que mis viejos
puedan salir a trabajar.
Durante
años, cada vez que pensaba en mí en aquel momento, sentía que jamás había
tenido miedo, y hasta hablaba sobre esa soledad forzada riéndome, diciendo “me
hacía cero drama, desayunaba, miraba dibujitos, jugaba con la perra”.
Ahora sé
que en realidad estaba aterrada. Quería llorar y llamar a mi mamá a los gritos,
quería estar acompañada y me dolía estar sola, me sentía abandonada. Entendía
las razones, o creía entenderlas, pero no soportaba la certeza corporal de que
estaba sola.
Mi vida con
la luna en Capricornio me dolió siempre. Incluso más allá de lo que recuerdo.
En este
momento en Argentina están sucediendo cambios sociales y culturales gracias al
movimiento feminista que me provocaron una urgencia por revisitar ciertos temas
del pasado. Con 36 años, estoy mirando a la cara por primera vez a fantasmas de
abuso de los que ni me acordé durante siglos. Algunos que ni siquiera logro
recordar claramente. Esto también me genera ansiedad. Me genera una presión
espantosa en el pecho, ganas de salir corriendo a no sé dónde, de escaparme no
sé de qué, me hace picar los antebrazos y me dan ganas de arrancarme la piel
hasta las manos. Volví a pelearme con mis horas de sueño. Ya ni sé cuántas máscaras me tengo que poner
por día para ser funcional pero hay que pagar el alquiler.
Habiendo
pasado por momentos de mierda, horribles, de mucho dolor y tristeza, medicada
hasta la nuca, tengo el presentimiento de que lo que tengo por delante es
muchísimo trabajo. Y sé que no va a ser precisamente sencillo aprender a lidiar
con la ansiedad de una forma menos dolorosa. Al menos estoy escribiendo esto. Y
hacía meses que no escribía…
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